El GPS marca un ritmo que no reconozco y las piernas siguen subiendo igual, sin que ese número en la muñeca cambie nada de lo que pasa en el pecho. Estoy a media subida hacia el Mirador de la Virgen del Tungurahua, en Baños de Agua Santa, con la neblina tan espesa que el sendero desaparece un par de metros más adelante, y la pregunta que se repite no es cuánto falta sino para qué sirve seguir con este entrenamiento amateur, hoy en particular.
Llevo cinco años corriendo senderos de montaña y todavía no tengo clara la frontera exacta entre un mal día de entrenamiento amateur y algo que pertenece más a la psicología deportiva que al músculo. Esa mañana, otra vez, la fatiga era percibida y no física —la diferencia entre fatiga mental y fatiga física es un tema que trato aparte, pero late detrás de cada mal día en el sendero— y probé dos formas distintas de salir del bache mientras subía. Solo una funcionó, y la diferencia entre ambas dice más sobre el rendimiento mental en el trail running amateur que cualquier capítulo de los cursos de Hotmart que he ido probando. Nadie compite contra mí en este sendero ni hay nada que ganar al llegar arriba, así que lo que me mantiene subiendo pertenece más al terreno de la motivación intrínseca que a cualquier otro incentivo externo.
Dos formas de responder a un mal día de entrenamiento amateur en el sendero
La primera fue repetir frases en voz alta durante el calentamiento, algo que había anotado de un módulo de uno de esos cursos. La segunda fue reducir la vista a la siguiente roca, el siguiente árbol, los siguientes quinientos metros, sin pensar en el resto de la subida. Ninguna de las dos técnicas es complicada de explicar, pero actúan sobre partes distintas de la cabeza, y eso es justo lo que las vuelve difíciles de comparar si se juzgan con la misma vara.
Repetir frases en voz alta no funcionó para mí
Me había anotado tres frases cortas para decir antes de salir, del estilo de las que proponía el curso para activar cierta disposición mental antes del esfuerzo. El problema es que las dije sin entender bien para qué servían: no sabía si buscaban calmar el pulso, subir la confianza o simplemente llenar el silencio del calentamiento. Esa rutina de enfoque antes de entrenar merece su propio análisis en otro momento, pero a mí, repetida así, sin un propósito claro, no me funcionó. A los veinte minutos de subida, en medio de la neblina, las frases sonaban huecas, como un texto memorizado para un examen que ya pasó. Tengo que admitir que el problema no era necesariamente la técnica en sí, sino que la usé sin preguntarme qué estaba intentando resolver con ella. El mismo curso proponía después imaginar una meta inexistente y cruzarla con los brazos en alto, una técnica de visualización mental competitiva que tampoco he logrado que me funcione en terreno real, aunque esa es una historia para otro día. Lo curioso es que el diálogo interno que sí me funciona en plena subida no se parece nada a esas frases preparadas de antemano.
La segmentación cognitiva gana cuando el terreno se pone difícil
Cambiar el horizonte fue distinto. En vez de pensar en los kilómetros que faltaban hasta el mirador, elegí un punto visible —una piedra más clara entre el musgo— y solo pensé en llegar hasta ahí. Cuando llegaba, buscaba el siguiente punto: una rama caída, un cambio de color en el barro, una marca de ganado. El pulso seguía disparado y hubo un tramo donde noté ese sabor metálico que me sube a la boca cuando el corazón va más rápido de lo que el ritmo pide, pero la cabeza dejó de mandar señales de alarma cada minuto.
Unos días antes había hecho un ejercicio de enfoque completo de ese mismo curso, sentada en casa, sin ninguna prisa, y esa vez aguanté los diez minutos enteros sin abrir los ojos ni una sola vez, algo que nunca me había salido completo. En la montaña, con el frío y el barro, no hay manera de replicar esa quietud, pero algo de esa misma atención —esa mezcla de meditación y movimiento que da para mucho más de lo que puedo resumir aquí— sí se trasladó al sendero. En las bajadas técnicas pasa algo parecido: fijar la vista en un punto cercano evita que la cabeza se dispare pensando en la caída, aunque el foco atencional en terreno técnico es, de nuevo, tema para otro artículo. Los días en que esa segmentación funciona tan bien que deja de sentirse como esfuerzo y empieza a sentirse como ritmo puro se acercan a lo que algunos describen como estado de flow en carrera, aunque a mí me ha pasado pocas veces y nunca cuando lo busco a propósito. La sensación del primer kilómetro de ese mal día —esa idea fija de que no vale la pena seguir— es la versión de sendero de lo que algunos llaman el muro psicológico en carreras más largas.
Le escribí a Nathaly esa misma tarde para contarle lo de las frases que no funcionaron. Ella nunca ha corrido un sendero en su vida, pero entiende perfecto esa sensación de seguir entrenando sin tener ya muy claro por qué —ella nada tres mañanas por semana en la piscina cubierta de la UTA— y fue la primera en decirme que probablemente estaba buscando una fórmula única donde en realidad solo había que ajustar el momento en que uso cada herramienta.
Dejar en paz el entrenamiento fallido
Después de un mal día, lo que hice con los datos importó más que el día mismo. Revisar la aplicación esa misma tarde, comparar el ritmo con el de la semana anterior, buscar explicaciones en el sueño o en el desayuno, solo alimentó la sensación de fracaso. Cerré la aplicación sin mirar las gráficas y anoté una sola línea: entrenamiento completado, día difícil, punto. La nutrición y el estado de ánimo seguramente tuvieron algo que ver esa mañana, pero es un terreno que prefiero no mezclar aquí con el resto.
A veces me pregunto por qué siento cansancio mental al entrenar si mis piernas están bien, y la respuesta suele estar en la carga mental del trabajo frente a la pantalla, que se traslada al sendero sin pedir permiso. Como me toca organizar el entrenamiento siendo redactora freelance, sé que si trato las salidas a la montaña con la misma rigidez que mis fechas de entrega, termino resintiendo ambas cosas.
Esa misma semana aparecieron otros frentes que merecen su propio espacio. La comparación con el ritmo de otros corredores en redes sociales puede arruinar una tarde entera si uno se lo permite. La ansiedad de los días previos a una media maratón no se parece en nada a la de un entrenamiento normal cualquiera. El aburrimiento de los rodajes largos y planos pesa distinto al cansancio de una subida técnica, y la altitud mete su propia carga mental aparte del esfuerzo físico, algo que en esta zona del país se nota apenas cambia el desnivel.
El miedo tampoco es siempre el mismo: no es lo mismo el miedo técnico de una bajada con piedra suelta que la sensación de riesgo de correr un sendero poco conocido, y tolerar la incomodidad del frío o el barro es otro músculo mental que se entrena aparte del de la motivación. La recuperación mental después de un esfuerzo fuerte —ese día raro en que el cuerpo ya descansó pero la cabeza sigue cansada— es quizás el tema que menos había tomado en serio hasta ahora.
Fue justamente Margarita, de mi grupo de trail, quien me insistió en que dejara de compararme con mis propias marcas pasadas como si fueran un examen. Llegó al punto de encuentro de la concentración de los 21 kilómetros exactamente a la hora acordada, con lluvia o sin ella, como siempre, y me dijo algo que se quedó pegado: un mal entrenamiento no es un diagnóstico, es solo un dato suelto. Esa idea tiene más que ver con la fijación de objetivos mentales a mediano plazo que con la mentalidad de crecimiento aplicada al entrenamiento de la que tanto se habla, aunque las dos ideas se tocan.
Cuándo elegir cada técnica, según el tipo de mal día
Con todo esto encima, la comparación entre las dos técnicas de esa mañana queda más clara. Repetir frases preparadas de antemano puede funcionarle a alguien que necesita llenar el silencio antes de salir o que cree en el ritual en sí, pero a mí me falla cuando el cuerpo ya está bajo presión real y la cabeza detecta el hueco entre la frase y lo que siente. La segmentación, en cambio, funciona mejor justo cuando el esfuerzo ya empezó y la mente necesita un objetivo pequeño y concreto en lugar de una idea abstracta de confianza.
Si el mal día aparece antes de salir de casa, cuando todavía hay margen para decidir, probaría otra vez algo parecido a esas frases, pero esta vez sabiendo qué quiero que hagan. Si el mal día aparece ya en la subida, con las piernas pesadas y la niebla cerrada, me quedo con la roca de allá adelante. No es una regla perfecta ni viene de ningún estudio: es solo lo que distingue a esa mañana en el Mirador de la Virgen del Tungurahua de otras en las que simplemente me rendí a mitad de camino.
Gran parte de este progreso, de hecho, viene de aceptar ser una corredora lenta sin perder la motivación, algo que no tiene nada que ver con elegir la técnica correcta y mucho que ver con no exigirle a la cabeza algo que el cuerpo tampoco puede dar ese día. Lo que sí parece sostenerse, entrenamiento tras entrenamiento, es que tratar la cabeza como un músculo más —uno que responde distinto según el momento del esfuerzo en que se le exige algo— da mejores resultados que buscar una sola fórmula que sirva siempre.