
El mismo cuerpo que sube tranquilo el sendero de Pondoa cada fin de semana se convierte en un manojo de nervios en cuanto alguien le cuelga un número al pecho, como si de repente la gestión del estrés dejara de aplicar. Llevo meses haciéndome esa pregunta cada vez que me pongo en la línea de salida de una carrera popular.
La respuesta corta, después de probar varias cosas, es que la presión no vive en las piernas. Vive en la cabeza, y ahí es donde entra la psicología deportiva que empecé a mirar en serio cuando noté que disfrutaba menos las carreras aunque el cuerpo respondía igual de bien. Como corredora de trail running amateur, sin entrenadora ni aspiraciones de podio, me costó admitir que necesitaba trabajar el entrenamiento mental tanto como el ritmo de zancada. Nadie me dio un manual, así que esto es lo que fui anotando.
La paradoja de sentir presión en una carrera que no vas a ganar
Ambato está a una altitud promedio de 2570 metros, y desde ahí subo casi todos los sábados al sendero de Pondoa, donde la montaña es un lugar tranquilo, casi aburrido en el buen sentido. He corrido tres medias maratones desde 2023 y termino casi siempre en la mitad de la tabla, lejos de cualquier podio. Aun así, el día de una carrera popular el cuerpo actúa como si hubiera algo real en juego. Escribo textos de interfaz para aplicaciones, un oficio donde cada botón que falla se arregla con un ajuste; en Pondoa, cuando el clima cambia o las piernas no responden, no existe ese botón, y esa falta de control explica buena parte de los nervios.
Doménica, compañera de mi grupo de trail de Baños, corre un escalón más rápido que yo y nunca ha pagado un curso de rendimiento mental en su vida. Aun así gestiona la presión de la salida con una calma que todavía no termino de entender del todo. Verla me hace pensar en la motivación intrínseca deportiva, ese tema de por qué seguimos corriendo carreras que no vamos a ganar, que probablemente merece su propio espacio en otro momento.
Semana 6: el entrenamiento mental no arregló nada mientras probaba rutas nuevas
Un ejercicio de uno de los cursos sugería romper la monotonía cambiando de entorno, así que hacia la semana 6 probé cambiar de ruta cada fin de semana, buscar paisajes nuevos que le ganaran la partida al aburrimiento antes de que este se convirtiera en ansiedad. Funcionó un par de sábados. Después la novedad dejó de importar y los nervios volvieron exactamente iguales, solo que ahora también estaba cansada de improvisar recorridos que no conocía bien. Terminé de vuelta en Pondoa, que sigo pensando es el único sitio donde de verdad puedo medir si algo cambió en mi cabeza o solo en mis piernas, diferenciar esas dos fatigas sigue siendo un ejercicio aparte, uno que no tengo resuelto. Entrenar la cabeza es tan lento como el cuerpo acostumbrándose a la altitud máxima del volcán Tungurahua: no se fuerza de un día para otro, y correr cerca de esa altura ya trae su propia carga mental, algo que da para una reflexión completa por separado.
Notar la voz que no apareció, semana 10 en Pondoa
En la semana 10, un sábado de llovizna fina en Pondoa, pasé el kilómetro nueve y noté algo que no había registrado antes: la voz que normalmente pide parar simplemente no se presentó. No fue una revelación ni un cierre de círculo, fue una mañana más de llovizna con una ausencia rara. Ese diálogo interno que arma la cabeza cuesta arriba da para su propio análisis; aquí solo dejo constancia de que ese día no tuvo mucho que decir.
Esa misma tarde lo anoté en el cuaderno de entrenamiento, abierto sobre la mesa de la cocina, junto al portátil con pestañas de un curso de Hotmart mezcladas con un archivo de UX a medio terminar. El café se enfrió otra vez antes de que lo tocara. Antes de escribir nada aquí se lo mandé por nota de voz a Iliana, mi amiga de la universidad, que suele ser la primera en escuchar el resumen de la semana antes que nadie. La mayoría de los consejos que circulan sobre trail running insisten en visualizar la meta y la medalla; yo había probado antes una variante de visualización mental competitiva bastante distinta, algo que merece su propio artículo y que aquí solo dejo mencionado. Ese tipo de trabajo, sumado a los días repartidos entre clientes de UX y entrenamientos, terminó por mejorar el rendimiento mental entre el trabajo freelance y el trail running de una forma que noto más en la calma antes de una salida que en el resultado final.
La calma de Doménica sin haber tomado un solo curso
Le pregunté a Doménica una vez, en la salida de una carrera, qué hacía ella con los nervios antes del pistoletazo. Se rió y dijo que no hacía nada especial, que simplemente corría. Lo que yo llamo ansiedad precompetitiva y trato de nombrar y organizar, ella parece resolverlo sin ponerle etiqueta, y no tengo una explicación clara para esa diferencia.
El nudo en el estómago antes de la salida y el muro psicológico que a veces aparece a mitad de carrera son dos cosas distintas, aunque se sientan parecidas, y merecen tratamiento aparte. Tampoco es lo mismo que mantener el foco en las piedras sueltas de una bajada técnica, una destreza de atención que se entrena por separado de los nervios de salida. Hay salidas solitarias en Pondoa donde entro en una especie de estado de flow que no llega ni de cerca en las carreras con gente alrededor, y ahí he encontrado que hay beneficios de correr solo en montaña para fortalecer la mente que después se notan cuando el punto de salida está lleno de desconocidos. Tengo una rutina corta de enfoque antes de cada entrenamiento, pero contarla completa es tema para otro día.
¿Qué fue lo único que cambió después de la semana 10?
No puedo decir que la presión desapareció ni que tengo una fórmula. Lo único que cambié en serio fue qué observo: ya no trato de medir si estoy nerviosa o no, trato de notar si esa voz que pide parar aparece en el punto donde suele aparecer. Si llega más tarde de lo normal, o no llega, ahí tengo un dato real, no una sensación vaga. Ese es el hábito que le recomendaría a cualquier corredora amateur que se siente atrapada entre entrenar bien y disfrutar poco: en vez de perseguir la calma, anota en qué kilómetro exacto aparece la voz de parar, semana tras semana, y deja que ese punto se mueva o no se mueva. No soy psicóloga deportiva ni coach certificada, solo alguien que escribe estas notas en la mesa de la cocina entre un cliente de UX y el siguiente entrenamiento. Si la presión o la ansiedad se sienten más grandes que esto, hablar con un profesional de salud mental sigue siendo la opción seria, no esta libreta.