La alarma suena antes del amanecer y el frío de Ambato se siente como una pared. Son las cinco de la mañana y, mientras preparo un café rápido en la cocina, mi mente ya está enumerando razones para no salir. No es cansancio físico; mis piernas están listas después de tres años de recorrer las faldas del Tungurahua. Es esa voz, la misma que me acompañó durante los últimos tres meses de 2025, cuando correr se sentía como un error de sintaxis en un código de UX que no terminaba de cerrar. Hoy, con la humedad pegada a los vidrios, recuerdo que hace poco más de un año casi cuelgo las zapatillas porque, aunque el cuerpo respondía, la cabeza simplemente se había rendido.
El primer bug en el kilómetro cinco
Recuerdo una mañana nublada de hace unos meses, subiendo por un sendero de lodo volcánico. Mis pies resbalaron ligeramente y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, mi mente lanzó el primer 'no puedes' de la jornada. No era una sugerencia; era un comando absoluto. En mi trabajo como UX writer freelance, cuando algo no funciona en una interfaz, lo llamamos bug. Ese pensamiento negativo era exactamente eso: un error en la navegación de mi carrera. En lugar de ignorarlo o pelear contra él, empecé a aplicar lo que aprendí en el primer curso de rendimiento mental que compré en Hotmart.
La técnica consistía en etiquetar el pensamiento. En lugar de decir "estoy agotada", decía "mi cerebro está enviando una notificación de fatiga". Al tratar mis pensamientos como elementos de una interfaz, les quitaba el peso emocional. En los 21.0975 kilómetros de una media maratón técnica, donde cada paso requiere una carga cognitiva enorme para no torcerse un tobillo, separar el drama de la realidad es vital. No soy psicóloga ni entrenadora, solo una amateur que se cansó de que su propia mente fuera su peor enemiga en la montaña.
A mediados de marzo: Cuando la mente es una interfaz mal diseñada
A mediados de marzo, durante un entrenamiento largo hacia la zona alta, me di cuenta de que mi diálogo interno era un desastre de usabilidad. Estaba constantemente bombardeada por recordatorios de facturas pendientes o entregas de proyectos. Correr en altitud, viviendo a unos 2570 metros sobre el nivel del mar, ya es un reto fisiológico suficiente como para añadirle el ruido del estrés laboral. Fue entonces cuando empecé a ver mis pensamientos negativos no como enemigos, sino como sensores de rendimiento.
Si un pensamiento decía "esta subida es imposible", en lugar de frustrarme, lo usaba como combustible analítico. Me preguntaba: ¿por qué la mente dice esto ahora? A veces, la respuesta era técnica: mi cadencia era demasiado alta para la pendiente. Otras veces, simplemente necesitaba un gel. Al usar la negatividad como una señal para ajustar mi técnica o mi ritmo, transformé el autosabotaje en una herramienta de optimización. Es un proceso similar al que describo cuando hablo sobre la gestión del estrés para corredores aficionados que trabajan como freelance, donde la clave no es eliminar el estrés, sino aprender a navegar con él.
Un sábado lluvioso de junio: El pensamiento negativo como sensor de rendimiento
Fue un sábado lluvioso de junio cuando realmente puse a prueba el concepto de usar la negatividad como datos. Estaba en un tramo técnico, con el olor a eucalipto mojado mezclado con ese sabor metálico del esfuerzo extremo en la garganta. El viento frío me golpeaba las mejillas y mi mente gritaba que me detuviera. En ese momento, recordé que el Tungurahua, con sus 5023 metros de imponente presencia, no se mueve por mi mal humor. La montaña es neutral; el drama lo pongo yo.
Apliqué una técnica de 'foco externo' que venía en el segundo curso que realicé. En lugar de escuchar mi monólogo interno, me concentré en el sonido de mis zapatillas contra la piedra volcánica y en la textura de las raíces que debía saltar. Pensar que ese pensamiento negativo es solo un pop-up intrusivo que no aporta valor a la navegación de mi carrera me permitió seguir adelante. Si estás pasando por algo parecido, es importante recordar que, aunque estas técnicas me sirven a mí, si sientes que la falta de motivación es algo más profundo, siempre es bueno hablar con un profesional de la salud mental.
Hace aproximadamente un mes: Foco externo entre raíces y lodo
Hace aproximadamente un mes, tuve una salida que salió mal. No todas las semanas son de éxito. Intenté aplicar el etiquetado de pensamientos en una ruta nueva y, simplemente, no funcionó. Estaba cansada, el lodo estaba demasiado espeso y mi técnica de 'bug tracking' se sintió ridícula. Me senté en una piedra, miré el valle de Ambato y acepté que ese día la interfaz mental estaba caída. A veces, la mejor gestión del pensamiento negativo es aceptar que hoy no es el día y volver a casa sin culpas.
Sin embargo, esa derrota me enseñó algo sobre la sentirse corredora lenta y cómo gestionar la presión del grupo. A menudo, nuestros pensamientos negativos nacen de la comparación. En terrenos técnicos, donde la velocidad cae drásticamente, es fácil sentir que no estamos avanzando. Mi libreta de entrenamiento, que tengo siempre sobre la mesa de la cocina junto al termo de café, refleja que mi consistencia ha mejorado no porque corra más rápido, sino porque me detengo menos veces a pelear con mi cabeza.
Durante las últimas tres semanas: Limpieza de ruido para la meta
Durante las últimas tres semanas de entrenamiento, he notado un cambio sutil pero real. Ya no intento silenciar los pensamientos negativos con frases motivacionales de taza de café. Eso nunca me funcionó; me sentía una impostora. Ahora, cuando aparece un "no puedo más", le respondo: "Entendido, mensaje recibido, voy a bajar el ritmo un 5% y reevaluar en diez minutos". Es una conversación técnica, no emocional.
Correr una media maratón por montaña es, en gran medida, un ejercicio de gestión de recursos. Tu energía es limitada, tu atención es limitada y tu paciencia también lo es. Al dejar de gastar energía en intentar ser 'positiva' todo el tiempo, guardo esos cartuchos para cuando el sendero se pone realmente vertical y el aire escasea. No soy una atleta de élite, y probablemente nunca gane una carrera, pero he recuperado el placer de estar ahí arriba, entre la neblina y la ceniza antigua, simplemente porque aprendí a limpiar el ruido de mi propio sistema operativo.
Si decides probar algún curso de rendimiento mental, como hice yo, te recomiendo revisar siempre las políticas de devolución y el temario; no todos se adaptan al ritmo de un amateur. Al final, el entrenamiento mental es como el físico: requiere repetición, días malos y mucha honestidad frente al espejo (o frente al sendero). Yo sigo aprendiendo, anotando cada 'bug' en mi diario y esperando que la próxima subida al Tungurahua me encuentre un poco más ligera de equipaje mental.