
En el Parque Juan Benigno Vela el pasto amanece con rocío incluso en las zonas donde ya pega el sol. Ahí se junta mi grupo cada sábado antes de tomar la vía que sube hacia el volcán, y ahí empieza también mi semana como corredora lenta de trail running en Ecuador: viendo los cortavientos fluorescentes de mis compañeros alejarse por la pendiente mientras yo todavía ajusto las agujetas. Llevo cinco años corriendo estos senderos y ya sumé tres medias maratones desde 2023, pero hace unos meses algo se rompió entre el trail y yo. No fue una lesión ni el cansancio de las piernas: fue la sensación constante de estorbar, de que el grupo entero esperaba con el motor encendido mientras yo llegaba de última al punto de reagrupamiento.
Antes de seguir: en estas líneas hay enlaces de afiliado hacia programas que compré con mi propia tarjeta. Si terminas inscribiéndote en alguno a través de esos enlaces, Hotmart me paga una comisión — no te cuesta un centavo extra a ti, pero prefiero decirlo de entrada. Todo lo que cuento aquí lo probé de verdad, entre semanas de entrenamiento en las rutas que salen del parque hacia el Tungurahua. Y una aclaración necesaria: soy UX writer, no psicóloga ni entrenadora certificada. Si la ansiedad o el desánimo que sientes se extienden más allá de los senderos, habla con un profesional de salud mental.
La etiqueta de ir última en el grupo
Doménica, mi compañera de grupo, corre un escalón más rápido que yo; casi siempre es su chaqueta la que veo perderse primero en la curva. Ella también es quien avisa por WhatsApp cuando el sendero amanece embarrado después de una noche de lluvia, aunque ese aviso no cambia el hecho de que, cuesta arriba, la distancia entre nosotras se agranda sin que yo pueda hacer mucho al respecto. Nadie en el grupo me dice nada hiriente — la presión no viene de afuera, viene de la cuenta mental que llevo cada vez que llego tarde al punto de reagrupamiento.
Recuerdo un sábado particularmente denso de niebla, cuando el olor a tierra mojada se sentía más fuerte que de costumbre. Intenté seguir el paso de las punteras los primeros minutos de subida, forzando una zancada que no era la mía, hasta que un flato me obligó a caminar el resto del tramo con la cabeza baja. Ya había probado cambiar de ruta cada semana, buscando paisajes distintos para engañar el aburrimiento y sacudirme esa sensación de estancamiento, pero el problema seguía esperándome en cualquier sendero nuevo: no era el paisaje, era la voz que se activaba apenas alguien me pasaba.
La lógica de UX no resuelve una subida
Buena parte de mi semana la paso frente al cuaderno de entrenamiento que tengo sobre la mesa de la cocina, junto al portátil donde se mezclan pestañas de Hotmart con archivos de proyectos de UX. Un día, diseñando la arquitectura de información de una app para un cliente, me detuve a pensar: si puedo ordenar flujos de usuario complejos, ¿por qué no logro ordenar lo que pasa en mi cabeza a mitad de una subida? Estaba aplicando la lógica equivocada. Pensé que dejar de ser la lenta era cuestión de más kilómetros o de comer mejor, no de psicología deportiva (un tema que hasta entonces me sonaba lejano), así que me inscribí en el Curso de Entrenamiento y Nutrición Deportiva, un programa con 35 reseñas y 4.4 de calificación, de los mejor valorados del nicho. Sirve para entender cómo los carbohidratos sostienen el rendimiento en el trail, pero después de un par de semanas quedó claro que mi fatiga no era de las piernas: era mental, y ningún plan de alimentación iba a resolver la voz que me pedía aflojar el paso.
La ventana de la cocina apenas deja ver el Tungurahua en los días sin nubes, y el café que preparo antes de sentarme a revisar apuntes casi siempre se enfría ahí al lado, sin que me dé cuenta — suficiente recordatorio de hacia dónde apunta el sábado.
Semana 4: lo que empecé a notar sin buscarlo
Si entreno los cuádriceps para las subidas del volcán, pensé, tendría que entrenar la atención de la misma manera. Así llegué al programa Entrenamiento Mental Para Deportistas, que tiene una calificación de 5.0 aunque con pocas reseñas todavía. Al principio me resistí — los ejercicios de visualización sonaban ajenos a la realidad de una corredora que llega última —, pero el curso aborda algo que los grupos de alto rendimiento casi nunca nombran: la comparación constante con quienes van más rápido. Ahí empecé a tratar los pensamientos negativos como errores de un sistema que se pueden depurar, no como verdades fijas sobre mí, y a revisar de vez en cuando estas estrategias de atención mental para afrontar terrenos técnicos en montaña cuando el sendero se pone exigente.
Para la cuarta semana el cambio no llegó en el sendero: llegó subiendo las gradas de la oficina con una carpeta de entregables bajo el brazo. Iba a media subida cuando noté que no las había contado, que no había convertido el esfuerzo en drama, que simplemente las estaba subiendo. No fue gran cosa en el momento, pero fue la primera señal de que algo en la cabeza se estaba acomodando distinto — y de que esa carga mental del trabajo se filtra directo al entrenamiento del fin de semana, aunque casi nunca lo notamos a tiempo.
Gestión mental y presión social: lo que sí cambié
El error que cometemos muchas corredoras amateurs en grupos exigentes es pensar que el respeto se gana solo con velocidad. La presión de grupo, en mi caso, era una construcción que yo misma alimentaba con cada pensamiento de "debería ir más rápido"; el programa me ayudó a cambiar ese "debería" por un simple "voy a mi ritmo". Dejé de pedir disculpas al llegar al punto de encuentro — un "gracias por esperar" cambia la dinámica de poder que uno mismo se impone. También aprendí a mirar la textura de la piedra volcánica bajo mis zapatillas en lugar de calcular cuánta distancia me sacaban los de adelante, y algunos sábados ese foco interno se convierte en algo parecido a un estado de flow, minutos donde ni siquiera pienso en el ritmo, aunque no depende de mí que aparezca.
Seguir saliendo cada sábado, aunque nadie me lo exigiera, tenía más que ver con las ganas de estar ahí que con demostrarle algo al grupo. Si te reconoces comparándote más de la cuenta, esto sobre cómo dejar de compararse con otros corredores en redes sociales toca una parte del mismo problema, porque muchas veces empieza en la pantalla del celular y termina pesando en el cerro.
El resultado no fue velocidad, fue disfrute
Hoy ya no me importa ser la última en llegar al punto de encuentro. No porque el peso de correr a 3.000 metros de altitud haya desaparecido — esa carga es real y no se va con visualización —, sino porque entendí que mi carrera no es contra el cronómetro de las punteras, sino contra la voz que hace meses me decía que no pertenecía ahí. El Entrenamiento Mental Para Deportistas no me volvió más rápida; me devolvió las ganas de mirar el valle de Ambato mientras las piernas sufren la subida. Es una inversión alta, y solo tiene sentido si ya llevas meses entrenando y la cabeza, no las piernas, es tu cuello de botella.
Hay técnicas del curso que simplemente no me funcionan siempre: la disociación controlada se me cae por completo cuando la llovizna empieza a golpear parejo contra la tela fina del impermeable y el frío se cuela de todas formas, y en esos tramos técnicos del sendero el miedo a resbalar pesa más que cualquier ejercicio mental. Iliana, una amiga de hace años que ni siquiera corre, me pregunta cada viernes cómo está el sendero para el fin de semana — contestarle, de alguna manera, ya se volvió parte de mi rutina antes de salir. Entrenar la cabeza no elimina el muro que aparece a mitad de una subida, pero cambia lo que haces cuando lo golpeas: en vez de convertirlo en vergüenza, lo convierto en una pausa breve, respiro, y sigo caminando hasta que las piernas quieran correr otra vez. Esa es la única ventaja real que le saqué a estos meses de práctica, y es la que le paso a cualquiera que sienta que el grupo le queda grande: no busques ir más rápido primero, busca quedarte — la velocidad, si llega, llega después. Y si la presión en las carreras con salida masiva todavía te pesa, manejar la presión en carreras es una habilidad que también se entrena, como cualquier serie de velocidad.