Un desayuno cargado de pan y mermelada me da piernas fuertes para subir hacia Pondoa. Una taza de café y casi nada en el estómago me da una cabeza despierta, pero las piernas flojas antes del segundo kilómetro. Llevo meses probando las dos versiones de mí en el mismo sendero, sin encontrar todavía una respuesta que sirva para todas las salidas.
Cinco años de trail running por estas laderas me han enseñado que las piernas casi nunca son el problema real cuando algo se tuerce a mitad de camino. El segundo curso de rendimiento mental que compré en Hotmart tocaba, de pasada, un módulo de nutrición deportiva pensado para el enfoque cognitivo, no solo para las piernas, y fue ahí donde empecé a anotar qué desayunaba antes de cada salida y cómo pensaba al llegar al tramo técnico. No es un terreno que domine a fondo como corredora amateur, de eso escribí con más calma en otra entrada de este blog, pero sí es algo que llevo comparando salida tras salida, como quien lleva una bitácora incómoda.
La comida antes de salir y la claridad mental
El módulo de nutrición del curso no se explayaba mucho, apenas una mención de refilón a los niveles de glucosa y cómo el cuerpo tira de ellos sin pausa durante el esfuerzo. Esa frase corta bastó para que empezara a fijarme, salida tras salida, en qué llevaba en el estómago antes de calzarme las zapatillas. No pretendo explicar aquí la ciencia detrás de eso, ese tema ya lo cubrí con calma en otra entrada, pero sí puedo contar lo que noto en el cuerpo y en la cabeza según lo que como.
Los días de desayuno cargado en Pondoa
Con el estómago lleno subo con fuerza los primeros tramos empinados hacia el Tungurahua, que se asoma entre las nubes bajas casi todas las mañanas. Las piernas responden rápido, sin ese hueco de energía que a veces aparece a media subida. Pero la cabeza tarda en despertar: los primeros veinte minutos los paso digiriendo, más pendiente del estómago que del sendero, y en los tramos técnicos de bajada mi reacción se siente medio paso atrás.
Esa demora en los reflejos durante las bajadas es justo lo que describí hace un tiempo en cómo mejorar la concentración en trail para evitar caídas en bajadas: cuando el cuerpo está ocupado en otra tarea, la atención visual se reparte peor. Con el desayuno cargado gano piernas, pero pago ese peaje mental los primeros kilómetros.
Salir con el estómago casi vacío
Con poco o nada en el estómago, la cabeza sale despierta desde el primer paso. Pienso con más orden, decido más rápido qué piedra pisar y cuál esquivar. Esa constancia en la energía es algo que desarrollé en nutrición deportiva y resistencia mental para corredores de fondo amateurs, donde la regularidad del combustible pesa más que la cantidad.
Hubo una salida en que esto se notó de una forma que no esperaba. Kilómetro nueve de Pondoa, llovizna fina cayendo sin fuerza sobre el sendero, y me di cuenta de que la voz que normalmente pide parar simplemente no había aparecido. Ni siquiera la busqué, noté su ausencia recién al llegar a un tramo llano, como quien nota que dejó de llover solo cuando ya no escucha las gotas golpeando la capucha.
La altitud de estos senderos le pide algo extra a la cabeza, aunque no sabría explicar bien el mecanismo, solo lo noto en cómo cuesta más decidir cuando el aire escasea. De eso trata, con más detalle del que puedo dar yo, correr en altitud para el fortalecimiento mental de corredores amateurs. Mi vecino Carlos Hidrovo, que le atina al clima del Tungurahua mejor que cualquier aplicación del teléfono, me había advertido esa mañana que la llovizna llegaría antes del mediodía. Tenía razón, como casi siempre.
Cambiando el ritual de la noche anterior
Antes de prestarle atención a la comida, mi estrategia para las salidas largas era otra: ver videos de ultramaratones en YouTube la noche anterior, buscando encenderme emocionalmente para el día siguiente. Terminaba con los ojos cansados y una motivación que se desinflaba apenas sonaba la alarma. Esa chispa prestada no se parece en nada al efecto de un buen desayuno o de un estómago liviano bien calculado, una viene de afuera y dura poco, la otra sostiene la cabeza durante horas de sendero.
Ese tipo de motivación prestada tiene más que ver con el diálogo interno del corredor y con la motivación intrínseca que con lo que hay en el plato, y son temas que merecen su propio espacio aparte del que le doy aquí a la comida.
Qué elijo según el tipo de salida
Un lector, Miguel Almeida, me escribió después de una de las primeras entradas de este blog contando que él corre medias maratones de montaña parecidas a las mías, con un ritmo conservador y mucho rato a solas con la cabeza. Su pregunta era casi calcada a la mía: ¿comer antes o salir liviano? Le respondí lo mismo que escribo aquí, depende de la salida, no hay una regla única.
Para tramos cortos y rápidos en Pondoa, ahora salgo casi en ayunas: la cabeza despierta compensa cualquier bajón de piernas en un recorrido de una hora o menos. Para fondos largos o para una media maratón completa, vuelvo al desayuno cargado, acepto los primeros veinte minutos torpes y confío en que las piernas aguanten cuando la cabeza empiece a fallar más adelante. La ansiedad antes de una carrera, la visualización antes de salir o la rutina de enfoque justo antes de empezar a correr son piezas distintas del mismo rompecabezas, y la fatiga mental no siempre avisa igual que la física, pero esas son entradas para otro día.
Lo único que tengo claro después de tantas salidas es que la comida no resuelve todo, pero sí decide en qué orden aparecen los problemas: primero el estómago o primero la cabeza. Antes de la próxima carrera, en vez de preguntarme si tengo la fuerza mental para terminarla, reviso qué llevo en el estómago y a qué hora comí lo último. A veces la claridad que busco en el sendero está más cerca del desayuno que de cualquier técnica del curso.