
El musgo entre los adoquines de la subida hacia el barrio Ficoa está siempre húmedo, incluso en las semanas sin lluvia directa. Llevo un buen tiempo subiendo por ahí antes de las salidas largas, y durante varios meses ese tramo corto se sintió interminable. Las piernas respondían —ya sé lo que aguantan en esa misma cuesta— pero la cabeza se quedaba atrás, inventando razones para dar la vuelta antes de llegar arriba. Así empezó este cuaderno sobre entrenamiento mental para corredoras amateurs que hacen trail running en Ecuador: un intento de entender por qué la motivación se apagaba justo cuando el cuerpo seguía listo.
Antes de seguir: en este cuaderno hay enlaces de afiliado. Si entras por alguno de ellos y decides pagar un curso, la plataforma me da una comisión —el precio para ti no cambia—. Escribo solo sobre programas que compré y probé en mis propias semanas de entrenamiento. No soy psicóloga deportiva ni terapeuta: si lo que sientes va más allá de un bache de motivación, si es una ansiedad o un peso que no se mueve con nada de esto, busca apoyo profesional. Un curso online no reemplaza eso.
Lo que probé antes de pagar por ayuda
Lo primero que probé no tuvo nada que ver con la mente. Pensé que el cansancio era físico —alguna carencia, falta de algo en la sangre— y pasé varias semanas tomando suplementos de magnesio y vitamina B12, convencida de que ahí estaba la solución. No cambió nada. Seguía llegando al final del calentamiento con la misma pereza de siempre, solo que ahora además con la sensación de haber perdido tiempo buscando algo que no iba a arreglar lo que en realidad me pasaba.
En enero decidí que no podía seguir postergando esto. El diálogo que empezaba antes de ponerme las zapatillas —ese runrún de excusas— pesaba más que cualquier cuesta. Casi todo lo que encontraba sobre psicología del rendimiento estaba en inglés y pensado para atletas de alto nivel, no para alguien que entrena entre jornadas de trabajo. Así llegué al programa Entrenamiento Mental Para Deportistas, con dos reseñas de cinco estrellas nada más —una muestra chiquita, pero ahí estaba la primera señal de que funcionaba— y un enfoque directo en motivación, concentración y esas mesetas donde una se estanca sin ninguna lesión de por medio.
Para no perderme en la teoría empecé a anotar todo en papel. Adapté el Kit de Plantillas para Entrenadores Personales para uso propio —no tengo clientes, solo quería una tabla donde registrar kilómetros, nivel de frustración y cuánto lograba concentrarme en cada salida—. La tierra mojada del primer tramo suena distinto bajo la suela en esas subidas, un crujido que reconozco antes incluso de sentir el cansancio, y ese sonido se volvió una especie de línea de salida mental antes de cada entreno.
La cuesta del barrio Ficoa y el diálogo que cambié
Fue en una de las subidas cortas del barrio Ficoa —las que hago entre semana, cuando no alcanza el tiempo para ir más lejos— donde probé por primera vez cambiar la frase que se repite en automático en la cabeza durante el esfuerzo. Ese ajuste del diálogo interno del corredor es apenas una técnica entre varias, y ya hay quien la explica con más detalle en diálogo interno positivo y rendimiento en corredores populares de trail, así que no me voy a extender aquí.
Un par de semanas después noté que parte del cansancio mental venía de comer mal entre semana, no solo de la cabeza. Revisé el Curso de Entrenamiento y Nutrición Deportiva más como consulta puntual que como programa completo, y me sirvió para ajustar un par de cosas básicas de las comidas antes de salir a correr. Quien quiera profundizar en la relación entre alimentación y estado mental puede leer aparte sobre nutrición deportiva y resistencia mental para corredores de fondo amateurs —aquí prefiero quedarme en la parte mental, que es de lo que trata este cuaderno.
Lo que cambió en la semana 6 de entrenamiento mental
Para la semana 6 pasó algo que anoté esa misma noche para no olvidarlo. La noche anterior a un entreno no revisé el reloj ni una sola vez antes de dormir —algo que antes hacía sin falta, calculando cuántas horas me quedaban y si valía la pena posponer la alarma un rato—. Sonó la alarma a la mañana siguiente y no hubo la queja de siempre, esa vocecita pidiendo cinco minutos más. Me levanté y ya está. No fue un momento dramático ni una revelación; fue simplemente la ausencia de algo que llevaba meses ahí.
Se lo conté a Margarita Quishpe, veterana del grupo de trail con el que a veces salgo los sábados —la única que conozco que ha terminado un ultra de más de 50 km dentro del país— y ella lo resumió mejor que yo: la ansiedad de antes de una carrera larga no se va, solo cambia de forma semana a semana. En mi caso sí noto que se mueve algo entre una salida y otra, aunque nunca desaparece del todo la noche anterior a una carrera importante.
La diferencia entre cansancio físico real y falta de ganas es un tema que daría para un texto aparte, igual que todo lo que cambia cuando el entrenamiento sube de altitud —ambos se quedan fuera de este resumen porque quiero centrarme en lo que pasó en mi cabeza, no en la fisiología detrás.
Nathaly Chiriboga, una conocida de la comunidad de UX que empezó a comentar este blog hace tiempo, me mandó esta semana un artículo genérico sobre motivación que dejé a medio leer —me sirvió de recordatorio de lo que no quiero escribir aquí: frases bonitas sin una salida real detrás de ellas.
Comparativa de herramientas de rendimiento mental y físico
A continuación dejo los recursos que he ido probando estos meses, resumidos en una tabla:
| Programa | Enfoque Principal | Lo que más me sirvió | Dificultad |
|---|---|---|---|
| Entrenamiento Mental Deportistas | Psicología del rendimiento | Manejo del diálogo interno en subida | Alta (requiere práctica diaria) |
| Curso Nutrición Deportiva | Fisiología y alimentación | Evitar pájaras por falta de energía | Media (ajuste de hábitos) |
| Summer Fitness | Variedad de rutinas | Romper la monotonía del plan habitual | Baja (es un reto corto) |
Soltar la prisa en un tramo empinado
Una mañana de domingo enfrenté un tramo con bastante desnivel en poco espacio, y sentí la presión de siempre en el pecho, las ganas de apurar el paso para que el sufrimiento terminara rápido. Esta vez apliqué una visualización simple que traigo del curso de Entrenamiento Mental Para Deportistas: imaginar el tramo completo antes de empezarlo, sin acelerar el ritmo mental para llegar antes al final. La visualización mental competitiva da para mucho más de lo que puedo cubrir aquí, así que la dejo solo mencionada.
La voz que sugiere caminar un poco porque total nadie se va a enterar apareció puntual, como siempre. Esta vez la respuesta fue calmada: caminar también es parte del plan. Solté la urgencia de ir rápido y la presión del pecho bajó sola. Terminé esa salida con ganas de volver el próximo fin de semana, algo que no me pasaba desde hacía meses. Fui anotando el detalle de esa rutina de enfoque previa al entreno en mi opinión del curso entrenamiento mental deportistas, con más espacio del que tengo aquí.
Lo que me llevo de estos meses
Lo que más se movió en estos meses no fue la disciplina para salir a correr —esa ya la tenía— sino la motivación intrínseca para querer estar ahí, un tema que da para su propio texto en otro momento.
Si sientes que las piernas responden pero la cabeza no, y llevas meses dándole vueltas a lo mismo sin buscar ayuda estructurada, ahí estaba yo en enero. Seguiría recomendando el curso a cualquier corredora amateur en la misma meseta, no porque sea magia, sino porque obliga a llevar un registro real de lo que pasa en la cabeza semana a semana. Si lo tuyo es más bien el aburrimiento con la rutina de siempre, un reto corto y con fecha de cierre como Summer Fitness puede ser un empujón distinto —pero para mí, el trabajo de fondo estuvo en la cabeza, no en cambiar de plan físico.
Una sola cosa me llevo de estos meses: entrenar la cabeza no es tan distinto a entrenar las piernas, solo que el progreso no se mide en minutos por kilómetro sino en cuántas veces aparece la voz que pide parar —y qué tan rápido dejo de hacerle caso. Esa es la métrica que sigo anotando, semana tras semana, mucho después de haber cerrado el curso.
Nos vemos en las subidas del barrio Ficoa. Ojalá la próxima vez que sientas esa voz pidiendo parar, la reconozcas más rápido que yo.