
Estoy de pie en la arista de un sendero, con el valle de Ambato extendiéndose a mis pies bajo un sol frío que apenas empieza a calentar el aire. Debería ser un momento de paz, de esos que busco cada fin de semana en las faldas del volcán Tungurahua, pero mis piernas no responden. El miedo se ha vuelto algo físico, un nudo en el estómago que me ancla al suelo. Miro hacia abajo, hacia ese tramo donde la ceniza volcánica se mezcla con piedra pómez suelta, y lo único que veo es un escenario de desastre. No soy una profesional; soy una escritora de UX de 38 años que solo quiere disfrutar de su café después de correr, pero ahora mismo, el sendero parece mi mayor enemigo.
Recuerdo perfectamente esa tarde de finales de mayo. Fue un resbalón tonto, de esos que no deberían importar después de haber corrido tres medias maratones de 21.0975 kilómetros desde el año pasado. Una piedra suelta, un exceso de confianza y, de repente, estaba en el suelo con una rodilla ensangrentada y la palma de la mano llena de tierra negra. No fue una lesión grave, de hecho, pude terminar el entrenamiento caminando. Lo que no sabía en ese momento es que, aunque mi piel sanaría en una semana, mi confianza se había hecho añicos en un segundo. Ese golpe seco contra el terreno técnico cambió mi forma de mirar la montaña.
El bloqueo: cuando la mandíbula duele más que las piernas
Durante las semanas siguientes a la caída, intenté aplicar el consejo típico de "tienes que volver a intentarlo enseguida". Error. Cada vez que el sendero se inclinaba un poco, mi cuerpo entraba en modo de pánico. Me encontré a mí misma bajando por cuestas que antes dominaba, pero con la mandíbula apretada con tanta fuerza que al llegar a la base me dolían más los dientes que las piernas. Era una tensión absurda, un gasto de energía mental que me dejaba agotada antes de llegar a la mitad de la ruta. El olor a eucalipto mojado y el frío que cala en las muñecas mientras espero a que el reloj GPS capte la señal suelen ser mis momentos favoritos, pero en esos días, eran señales de una tortura inminente.
Tras un mes de parón casi total en las bajadas, me di cuenta de que forzar la exposición gradual en terrenos técnicos era contraproducente para mí. Todo el mundo te dice que bajes despacio por sitios difíciles para perder el miedo, pero mi teoría —la que me ha servido para volver a disfrutar— es que es mejor evitar los descensos complejos por completo hasta recuperar la confianza en terrenos planos. Si tu cerebro asocia la bajada técnica con el miedo paralizante, ir allí solo refuerza el trauma. Decidí que, por un tiempo, mis rutas serían aburridas y llanas, o simplemente caminaría las bajadas sin juzgarme. Necesitaba que mi sistema nervioso dejara de ver el Tungurahua, con sus imponentes 5023 metros de altitud, como una amenaza mortal.
Segmentación: Editar el sendero como si fuera un texto
En julio empecé el segundo curso de Hotmart sobre rendimiento mental. Una de las técnicas que mencionaban era la "segmentación". Como paso mis días editando microcopy y estructurando flujos de navegación para aplicaciones, la idea me hizo clic de inmediato. En el trabajo, no intento arreglar toda una aplicación de golpe; edito una línea, luego un botón, luego una pantalla. En el trail, empecé a hacer lo mismo. Durante los entrenamientos de agosto, dejé de mirar toda la bajada y su pendiente de un 40 por ciento de inclinación que me aterraba.
Empecé a mirar solo los próximos dos metros. Solo eso. Como si estuviera editando una línea de texto en mi trabajo de UX. Mi único objetivo era decidir dónde poner el pie derecho y luego el izquierdo en ese pequeño espacio. Si el resto del sendero era un caos de piedras, no me importaba; ese no era mi problema todavía. Al reducir el campo visual y mental, el cerebro tiene menos "bugs" que procesar. Ya no había una bajada peligrosa de un kilómetro; había quinientos micro-segmentos de dos metros que eran perfectamente gestionables.
Es curioso cómo la mente intenta protegernos complicando las cosas. A veces, la frustración no viene de la falta de habilidad física, sino de cómo procesamos el error. Si te interesa profundizar en esto, hace un tiempo escribí sobre superar la frustración por lesiones leves en el trail running amateur, algo que me ayudó a entender que el proceso de curación no es solo ponerte hielo en la rodilla.
Dejar de buscar bugs y empezar a buscar patrones
Hace pocos días, en una salida por la zona de Aguaján, tuve una revelación. Mi cerebro de escritora UX estaba buscando errores en el terreno constantemente. Miraba cada piedra como un bug que debía ser corregido o evitado. Esa mentalidad de "detección de errores" es fantástica para pulir una interfaz, pero es terrible para el flujo del movimiento en montaña. El trail running técnico requiere intuición, no análisis exhaustivo. El bloqueo por análisis ocurre cuando el pensamiento consciente interfiere con las habilidades motoras que ya tenemos automatizadas tras cinco años corriendo.
Al dejar de analizar cada piedra como un fallo potencial y empezar a ver el sendero como un patrón de flujo, el cuerpo empezó a soltarse. Es una sensación extraña: dejas de "pensar" la bajada y empiezas a "sentirla". No soy coach ni profesional de la salud mental —si el miedo que sientes es incapacitante o te genera ansiedad fuera del deporte, por favor, consulta con un psicólogo profesional—, pero para mí, este cambio de perspectiva fue la clave. Pasé de ser una auditora de riesgos a ser una corredora que simplemente fluye con el terreno.
Hubo semanas, especialmente a mediados de julio, en las que nada de esto funcionó. Salía con toda la intención de segmentar, pero al primer ruido de una piedra deslizándose bajo mi zapatilla, volvía a la rigidez total. Es importante aceptar que el progreso no es una línea recta hacia arriba. Hay días en los que el Tungurahua parece más grande de lo que es y nuestra confianza más pequeña de lo que merece.
El éxito es el silencio mental
No he recuperado mi velocidad de descenso de 2023. Probablemente todavía soy la persona más lenta del grupo cuando el terreno se pone técnico y las raíces aparecen mojadas por la llovizna. Pero he recuperado algo mucho más valioso: el silencio mental. El éxito para un amateur como yo no es bajar en tiempo récord, es bajar sin tener una discusión interna agotadora en cada paso. Es poder disfrutar del paisaje de Ambato sin que el corazón se me salga por la boca debido al miedo antes que al esfuerzo físico.
A veces, cuando el trabajo se acumula y el estrés de ser freelance me agota, noto que el miedo a las bajadas regresa. He aprendido que gestionar el cansancio mental por trabajo antes de correr montaña es fundamental para tener la claridad necesaria en los descensos. Si mi cabeza está llena de correos sin responder, no tiene espacio para procesar los patrones del sendero.
Si has pasado por una caída y ahora el trail te genera más estrés que alegría, recuerda que no tienes que demostrarle nada a nadie. Si tienes que caminar todas las bajadas durante tres meses, hazlo. La montaña seguirá ahí, y tu confianza volverá cuando dejes de presionarla para que aparezca. Al final del día, lo que importa es que cuando llegues a casa, el cansancio sea de ese tipo "bueno" que te permite dormir tranquila, y no de ese agotamiento nervioso que te deja los dientes doliendo.