
El polvo no truena bajo las zapatillas en el malecón; truena como vidrio molido, seco y constante, cada vez que el viento baja ceniza desde el Tungurahua hacia los caminos de Ambato. Llevo meses anotando en mi diario de entrenamiento cómo ese sonido cambia mi foco mental mucho antes de que se cansen las piernas. No es el problema típico del trail running, el que se arregla con mejor calzado o más kilómetros acumulados, sino algo que cualquiera que se acerque a la psicología deportiva amateur reconocería enseguida: la cabeza se agota de procesar un terreno que no ofrece ninguna pista visual.
Hace unas semanas salí a correr diez kilómetros por el Malecón del Río Ambato, en el sector de La Alameda, un día en que el viento venía cargado desde el Volcán Tungurahua hacia el valle. A los veinte minutos ya sentía ese sabor metálico en la garganta, mezcla de azufre y polvo mineral que se queda pegado aunque te laves la cara después. Lo complicado no fue la respiración, fue la vista: el sendero junto al río, que normalmente deja ver el contraste entre la tierra oscura y el pasto, se había vuelto una cinta uniforme del color del cemento. Mi cabeza, acostumbrada a buscar relieves para decidir dónde poner el pie, entró en un bucle de frustración parecido a cuando reviso un documento de UX con tan poco contraste que no distingo dónde empieza un párrafo.
Un vecino que entrena ciclismo de montaña por los caminos de tercer orden hacia Píllaro dice que a él la ceniza se le mete en la cadena de la bicicleta; a mí se me mete en la cabeza.
Dónde se va el foco mental cuando el camino es gris
Correr sobre ceniza volcánica no es solo un reto físico, aunque las piernas también lo noten. Es, sobre todo, un problema de procesamiento: cuando el terreno es parejo, el cerebro tiene que trabajar el doble para detectar cualquier irregularidad. Hace poco, repasando uno de los módulos del curso de rendimiento mental que compré en Hotmart, entendí por qué terminaba estas salidas con un dolor de cabeza tensional que no tenía nada que ver con la deshidratación.
Cada vez que el pie se desliza unos centímetros hacia atrás en una pendiente cubierta de ceniza, se produce una tensión involuntaria en los hombros, una respuesta automática al miedo de resbalar. Multiplica ese micro-deslizamiento por los miles de pasos de una sesión larga y el resultado es una fatiga cognitiva real. Antes pensaba que simplemente estaba teniendo un mal día; la verdad es que mi foco se drenaba tratando de controlar algo que no se puede controlar: la inestabilidad del suelo.
En mi diario de entrenamiento anoté que, durante el último tramo de una salida larga, la voz en mi cabeza dejó de sonar motivadora y se volvió crítica. Me decía que era lenta, que no tenía sentido seguir ahí tragando polvo. Es curioso cómo el cansancio mental se disfraza de falta de talento. Si te ha pasado algo parecido, quizás te sirva leer sobre por qué siento cansancio mental al entrenar si mis piernas están bien, porque a veces el problema no son los kilómetros sino cómo los estamos procesando.
Lo que la alarma de las 5:30 no arregló
Antes de probar cualquier técnica mental, intenté resolver esto por la vía simple: puse la alarma a las cinco y media de la mañana para salir antes de que el valle se calentara y la mente tuviera tiempo de inventar excusas. Funcionó para madrugar; no funcionó para la ceniza. El polvo seguía ahí a esa hora, y mi cabeza encontraba igual la manera de frustrarse con un terreno que no daba ninguna pista visual.
Me tomó varias salidas aceptar que el problema no era la hora del día sino cómo estaba usando la atención. No soy profesional de la salud ni entrenadora, solo una redactora que pasa demasiadas horas sentada y usa el malecón para no volverse loca. Si notas que tu desmotivación es algo más profundo que el cansancio por el terreno, consultar con un profesional de salud mental siempre es lo más prudente.
Un truco visual que aprendí por sectores
Una de las estrategias del curso que practiqué durante varias semanas es dividir el sendero en bloques cortos en lugar de mirar todo el camino de una vez. En vez de clavar la vista en el horizonte, que en Ambato casi siempre está nublado o gris por la ceniza, empecé a buscar, cada pocos metros, algo que rompiera la monotonía: una piedra un poco más clara, una raíz, un mechón de hierba que sobrevivió al polvo.
Al principio me sentía ridícula, como jugando a algo de niños mientras trataba de no tropezar. Pero funcionó para bajar el volumen del diálogo interno negativo: dándole a la mente una búsqueda chiquita y concreta, le quitas espacio a la ansiedad. Es parecido a cuando estoy diseñando una pantalla y me pierdo en el flujo general; a veces solo necesito fijarme en que el botón de cancelar esté bien ubicado para recuperar el ritmo de trabajo.
Cambiar las gafas, no el paso
Aquí va algo que contradice lo que mucha gente hace. Cuando hay ceniza, lo primero que agarra la mayoría son los lentes más oscuros que tiene, pensando solo en proteger los ojos. La protección sí importa, pero noté que usar lentes muy oscuros en días nublados de ceniza me dejaba con una sensación de somnolencia mental, como si todo me costara el doble de esfuerzo.
Cambié los lentes oscuros por unos fotocromáticos que dejan pasar más luz cuando el cielo está cubierto, y la diferencia en mi nivel de energía fue clara. Me sentía más despierta, más presente en el sendero. La fatiga visual de quienes trabajamos todo el día frente a una pantalla se traslada fácil a la montaña, y combatir esa fatiga visual terminó siendo tan importante como cualquier ejercicio de respiración.
Aceptar el derrape y seguir el ritmo
Hubo una salida, semanas atrás, después de una racha pesada de trabajo con un cliente que pedía cambios de última hora, en la que llegué al malecón con los hombros pegados a las orejas. El Tungurahua estaba escondido tras la cortina de ceniza y la técnica de los sectores no funcionaba: estaba demasiado dispersa para fijarme en nada.
Ahí empecé a aplicar lo que llamo aceptación del derrape. En lugar de pelear para que cada pisada fuera firme, acepté que el pie se iba a resbalar un poco y moví la atención de los pies a la respiración: inspirar en tres pasos, espirar en tres pasos. Cuando un texto se atasca y nada encaja, a veces la única salida es dejar de forzar cada frase y prestarle atención solo al ritmo con que se escribe la siguiente.
En los tramos sin ruido, cuando el podcast se acaba y los audífonos quedan en silencio, es cuando más se nota esa voz que empieza a hablar sola en la cabeza, a veces para quejarse, a veces solo para contar pasos.
Si estás preparando una media maratón de veintiún kilómetros en terrenos técnicos, entender esta dinámica da una ventaja silenciosa: no vas a ser necesariamente más rápida, pero vas a sufrir menos sin necesidad.
Hubo semanas en que nada de esto funcionó. Salía, corría cinco kilómetros, me sentía miserable y volvía a casa con el polvo gris pegado en las pestañas y el ánimo por el suelo. Aprendí que eso también es parte del entrenamiento mental: no se trata de ser una máquina de optimismo sino de reconocer cuándo la cabeza necesita un descanso real.
Semana 10: lo que notó mi colega sin que yo dijera nada
Para la semana diez de aplicar estas técnicas llegó una pausa del tinto cualquiera, de esas que hago a media mañana entre un módulo de redacción y otro, cuando una colega con la que comparto un proyecto me preguntó, medio en broma, si me había pasado algo bueno, porque ya no llegaba contando que el cerro me había ganado otra vez. Yo no le había dicho una palabra de las salidas ni del curso. Fue raro: que alguien note un cambio que tú apenas estabas empezando a creer que era real.
Correr en Ambato con un volcán activo de vecino enseña que el terreno cambia todo el tiempo, y que la única herramienta constante es decidir dónde poner la mirada, sea en una piedra del malecón, en la respiración, o en una colega que nota algo que tú no habías dicho en voz alta.
Si te sientes identificada con esos días donde el cerro te gana la partida, no te castigues: superar un mal día de entrenamiento en montaña empieza por aceptar que no somos atletas de élite, y que el éxito también es volver a casa, lavarse la ceniza de la cara y sentarse a anotar un día más en el cuaderno.