
Eran las seis menos diez de la mañana y el frío de Ambato se colaba por las rendijas de la ventana del carro. Estaba estacionada cerca de los senderos que suben al Tungurahua, mirando mis zapatos de trail llenos de polvo de la semana pasada. Mis piernas estaban bien, descansadas después de un lunes de estiramientos, pero mi cabeza seguía atrapada en un flujo de wireframes y correos de clientes que no había terminado de cerrar. Sentía esa pesadez que no es física; era como si mi cerebro tuviera puestos unos lastres de plomo mientras mis cuádriceps pedían acción.
Llevaba meses así, cumpliendo con los kilómetros de mi plan para la próxima media maratón de 21.0975 kilómetros, pero sin estar realmente presente. Me di cuenta de que mi cuerpo llegaba a la montaña, pero mi mente se quedaba en la oficina. Fue entonces cuando, hace unos seis meses, decidí que si calentaba mis articulaciones para evitar lesiones, tenía que empezar a calentar mi mente para no perder la cordura (ni las ganas de correr).
El desfase entre el escritorio y el sendero
Como freelance, mi oficina es un rincón de mi sala. Pasar de una reunión de UX a intentar subir una pendiente técnica a 2570 metros sobre el nivel del mar no es un cambio que el cerebro haga en automático. Durante las primeras semanas del segundo curso de rendimiento mental que tomé, aprendí que la fatiga mental eleva la percepción del esfuerzo. Es decir, el sendero se siente más empinado no porque tus piernas estén débiles, sino porque tu cerebro está agotado.
Esa mañana de neblina, recordé un momento sensorial que se ha vuelto mi señal de inicio: el olor a eucalipto húmedo entrando por la ventana entreabierta del carro mientras cuento mis respiraciones antes de empezar a correr. Es un olor punzante, frío, que limpia el rastro de la luz azul de la pantalla. Antes de este experimento, yo simplemente me bajaba del carro y empezaba a trotar. Ahora, me doy cinco minutos de reloj. No es mucho, pero es la diferencia entre correr escapando del trabajo o correr habitando la montaña.
Mi rutina de tres pasos: Oxígeno, Segmentos y Anclaje
No soy psicóloga deportiva ni profesional de la salud; solo soy una corredora que se cansó de sufrir innecesariamente. Lo que anoté en mi cuaderno de entrenamiento es una rutina simple que cualquiera puede adaptar. Primero, la respiración diafragmática. No es nada místico, es solo avisarle al sistema nervioso que el modo de "alerta de entregas de proyectos" ha terminado. Inspiro contando cuatro, mantengo dos, exhalo en seis. Lo hago mientras me ajusto las medias.
El segundo paso es la visualización de segmentos. En lugar de pensar en las dos horas de ruta, visualizo el primer ascenso técnico. Esa opresión en el pecho que desaparece justo cuando visualizo el primer ascenso técnico del sendero es una señal física de que mi mente ya aceptó el reto. Me imagino dónde voy a pisar, cómo voy a usar los bastones. Es como hacer un prototipo de la carrera antes de lanzarla.
Por último, uso un anclaje. Para mí, es un golpe suave en los muslos antes de cerrar la puerta del carro. Es mi "clic" de publicación. A veces, la gestión del estrés para corredores aficionados que trabajan como freelance requiere estos rituales físicos para separar los mundos. Si no hago este cierre simbólico, termino pensando en el feedback de un cliente a mitad de una subida de 400 metros de desnivel.
Visualizar la frustración: Mi ángulo contrario
En los cursos suelen decirte que visualices el éxito, cruzando la meta con una sonrisa bajo el volcán de 5023 metros. Pero a mí eso no me servía cuando me sentía lenta o pesada. Mi técnica "rebelde" es dedicar un minuto del calentamiento a ensayar específicamente cómo gestionaré la frustración cuando el cansancio extremo aparezca.
Me imagino el momento en que me tropiezo con una raíz o cuando el aliento me falta por la altitud. Decido de antemano qué me voy a decir: "Esto es parte del proceso, no es una señal de que eres mala corredora". Prepararse para lo feo me quita el miedo a que aparezca. Es mucho más útil que imaginar una gloria inexistente mientras todavía tienes olor a café de oficina en la ropa. He notado que aplicar la mentalidad de crecimiento para no frustrarse como corredora empieza por aceptar que habrá momentos donde vas a querer sentarte a llorar en una piedra, y eso está bien si ya lo habías previsto.
Semanas de neblina y fallos
No voy a mentir: hubo un sábado de mucha neblina en el volcán, hace apenas un mes, donde nada de esto funcionó. Me salté la rutina porque llegué tarde, empecé a correr con la cabeza llena de ruido y a los veinte minutos me di la vuelta y regresé al carro. Me sentí un fraude. Pero al escribirlo en mi diario esa noche, entendí que el fallo no fue la técnica, sino creer que podía saltarme el proceso. El cerebro, al igual que los cuádriceps, necesita una señal clara de que el modo atleta ha comenzado.
Después de cerrar un proyecto de UX especialmente pesado a finales de agosto, volví a ser rigurosa. Un sábado reciente, tras aplicar la rutina de cinco minutos en el asiento del conductor, sentí que la fatiga mental de la semana desapareció en el kilómetro cinco. Fue algo que no lograba desde 2023. No es que el sendero fuera más fácil, es que yo ya no estaba cargando con mi laptop imaginaria en la mochila.
Si estás empezando con esto, recuerda que es un entrenamiento más. No esperes milagros el primer día. Y por supuesto, si sientes que tu falta de ganas es algo que nubla otras áreas de tu vida, consulta con un profesional; lo mío es solo una bitácora de cómo intentar disfrutar más de los senderos andinos sin que el trabajo me robe el placer de moverme.