Cuaderno de Rendimiento

Superar el miedo a perderse en rutas de trail running poco señalizadas

2026.10.28
Superar el miedo a perderse en rutas de trail running poco señalizadas

La niebla bajó de golpe por el pajonal, espesa y fría, borrando la silueta del sendero en cuestión de segundos. Delante de mis zapatillas, la huella de tierra se abrió en tres ramales de ganado idénticos entre la vegetación húmeda. El corazón se me subió directo a la garganta antes de dar el siguiente paso.

Eran las primeras horas de un domingo por la mañana a mediados de mayo. Estaba en una de las faldas bajas del Tungurahua, una mole imponente que alcanza los 5023 m s. n. m. y cuyo clima cambia con un humor impredecible. Yo no estaba ni cerca de la cumbre, apenas bordeaba los tres mil metros en una ruta que creía conocer, pero la sensación de desamparo fue inmediata y física. El pulso disparado en la garganta y las manos heladas al notar que el sendero visible desaparecía entre el pajonal me paralizaron por completo.

Durante meses, ese temor silencioso a perder el rumbo me desgastaba mucho más que el desnivel acumulado. Podía tener las piernas preparadas para correr distancias respetables —habiendo completado ya tres medias maratones desde 2023, donde la distancia oficial de 21,0975 km está delimitada por conos, cintas brillantes y voluntarios en cada cruce—, pero en la montaña abierta la historia era otra. La falta de flechas me drenaba la energía mental mucho antes de que apareciera el cansancio muscular real.

La trampa de la sobrepreparación obsesiva

Mi respuesta automática de redactora UX acostumbrada a mapear cada posible error del usuario fue intentar controlar absolutamente todo. Antes de cada salida, pasaba horas descargando tracks en formato GPX, revisando fotos de satélite, memorizando árboles doblados y anotando mentalmente referencias topográficas. Creía que acumular certezas me daría calma.

Ocurrió exactamente lo contrario. Cuanto más detallado era mi mapa mental, más frágil me volvía en el terreno. Cualquier pequeña discrepancia —una rama caída que tapaba una piedra conocida, una bifurcación no documentada por pisadas recientes de vacas— activaba una alarma desproporcionada. Vivía mirando el reloj con mapa cada cuatro minutos, corriendo encorvada, tensa y pendiente de no equivocarme en vez de disfrutar del avance.

Zapatillas de trail running detenidas sobre tierra volcánica húmeda y pajonal con niebla

El crujido seco de las ramas bajas bajo las zapatillas mientras una cortina gris borraba la ladera en pocos minutos se convertía en el preludio del pánico. Llegué a un punto en que salir a explorar senderos secundarios me generaba un estrés similar al de entregar un proyecto contrarreloj con la batería al dos por ciento.

Aprender a tolerar la duda: el protocolo de pausa activa

A inicios de año me inscribí en dos formaciones de rendimiento mental en Hotmart buscando respuestas para ese bloqueo mental que me quitaba las ganas de correr. Debo aclarar que no soy entrenadora, ni psicóloga, ni profesional de la salud mental; solo soy una corredora aficionada que pasa demasiadas horas sentada frente al teclado y quería entender por qué mi cabeza saboteaba mis piernas en la montaña.

Uno de los módulos hablaba sobre la respuesta simpática ante la pérdida de control espacial. Proponía una técnica que sonaba muy estructurada en el temario pero que en el barro resultó difícil de aplicar al principio: sustituir el impulso de huida acelerada por un protocolo de pausa activa. La teoría decía que cuando nos creemos perdidos, el instinto animal nos pide acelerar el paso para encontrar una referencia rápido, lo que suele alejarnos aún más del camino seguro.

Después de unas tres semanas de intentar aplicarlo sin éxito —porque al menor amago de duda volvía a sacar el teléfono con desesperación—, empecé a simplificar el ejercicio en algo que mi cerebro pudiera procesar con el pulso alto:

Parte del curso sugería ejercicios de respiración guiada con afirmaciones en voz alta, pero admito que intentar recitar mantras en medio del viento helado del páビamo me hacía sentir bastante ridícula y no me servía de nada. En cambio, aprender a técnicas de respiración en trail para controlar la ansiedad en subidas y aplicar esa quietud física inmediata sí logró que el nudo en el estómago no pasara a mayores.

El día en que el drama mental se apagó

El verdadero punto de inflexión llegó hacia finales de agosto. Subí por una quebrada secundaria cerca de Baños, en una mañana con llovizna fina que dejaba el suelo de ceniza volcánica especialmente resbaladizo. Al salir a un claro de matorrales densos, el camino principal parecía desvanecerse en dos direcciones que no coincidían con el track aproximado que llevaba en la memoria.

Por primera vez en cinco años de recorrer estas laderas, no sentí el golpe de calor en la nuca ni la necesidad urgente de correr en cualquier dirección. Me quedé quieta. Apoyé las manos en los muslos, respiré despacio sintiendo el olor a tierra mojada y miré hacia atrás. La huella de mis zapatillas en el lodo era nítida. El peor escenario posible no era una catástrofe: era simplemente dar media vuelta y volver por donde había venido.

Pequeño hito de piedras apiladas como señalización rústica en un sendero de montaña

En ese instante comprendí que dejar de planificar obsesivamente cada metro fortalece una capacidad mental mucho más valiosa: la resiliencia cognitiva. La tranquilidad en la montaña no nace de tener un sendero perfectamente balizado con pintura reflectante en cada tronco, sino de confiar en que tienes la calma suficiente para gestionar la duda cuando el camino desaparece.

Esa mañana elegí el ramal de la izquierda con cautela. A los cincuenta metros vi un hito pequeño de piedras apiladas por algún comunero local. No hubo euforia ni épica; simplemente continué trotando con una ligereza en los hombros que no sentía desde hacía meses. En cierto modo, aprender a no juzgarme con severidad en esos momentos me recordó a cuando escribí sobre cómo aceptar ser un corredor lento sin perder la motivación al entrenar: soltar las expectativas rígidas suele ser el primer paso para recuperar el disfrute.

Una guía básica para gestionar la incertidumbre en carrera

Si sueles sentir esa opresión en el pecho cada vez que el sendero se vuelve difuso entre árboles o piedras sueltas, estas pautas nacidas de mis propios tropiezos pueden ayudarte a entrenar la mente:

1. Asume la desorientación como parte del entrenamiento

Perder el rastro visual durante un par de minutos no es un error de cálculo ni un fallo personal; es una característica propia de correr en entornos naturales. Si sales al monte esperando una autopista asfaltada, cualquier bache mental te desarmará. Acepta de antemano que vas a dudar en dos o tres cruces por salida.

2. No delegues todo el juicio en la pantalla

Las aplicaciones y los dispositivos satelitales son herramientas de seguridad imprescindibles, pero consultar el mapa cada veinte pasos atrofia tu percepción periférica. Intenta mirar el entorno: el desgaste de la vegetación, la inclinación de la pendiente, el cauce natural del agua. Mirar la naturaleza reduce la ansiedad visual que provoca fijar la vista en una línea azul que parpadea en la muñeca.

3. Marca límites de retirada claros antes de salir

El miedo se desborda cuando el cerebro no sabe cuándo parar. Antes de empezar a correr, defino una regla innegociable en mi cuaderno de cocina: si en algún momento me encuentro dudando durante más de quince minutos sin una referencia visual clara, doy la vuelta. Tener un límite preestablecido le quita dramatismo a la retirada. Volver sobre tus pasos no es un fracaso deportivo, es un ejercicio básico de sensatez montañera.

Por supuesto, si notas que la ansiedad en situaciones cotidianas o en tus salidas se vuelve inmanejable y trasciende lo deportivo, siempre es recomendable acudir a un profesional de la salud mental. Las técnicas de concentración que aprendemos en cursos o diarios de entrenamiento son recursos útiles para corredores aficionados, pero no sustituyen el criterio ni el acompañamiento terapéutico adecuado.

Hoy sigo prefiriendo las rutas poco transitadas del Tungurahua, con sus tramos borrosos y sus mañanas de neblina cerrada. La diferencia es que ahora entiendo que no necesito ver el final del camino para dar el siguiente paso; solo necesito mantener la calma suficiente para saber dónde piso en este instante.

Importante: Aquí comparto lo que he vivido en primera persona -- ningún consejo médico, financiero ni legal. Lo que funcionó para mí puede que no funcione para ti. Habla con tu médico, asesor o abogado antes de tomar decisiones que realmente importen.