
Subir dos horas por el sendero del Tungurahua cansa menos las piernas que sostener la cabeza en el mismo tramo. Llevo tres medias maratones corridas desde 2023, esos 21.0975 km oficiales ya no me generan dudas físicas -- y aun así hay rodajes largos de trail running en los que el cuerpo responde bien y la cabeza pide parar mucho antes de tiempo. No es falta de voluntad: es una habilidad que se entrena distinto a las piernas, más cerca de la psicología deportiva que de la tabla de series del gimnasio. Esto es lo que uso, corredora amateur y sin título de psicóloga, cuando el sendero se alarga y la cabeza empieza a negociar.
Las preguntas de abajo no son un ejercicio retórico, son las que más se repiten cuando escribo sobre esto. Miguel Almeida, un lector que escribió después de mi primera entrada sobre este tema, todavía manda una nota corta con cada texto nuevo, casi siempre preguntando por el ejercicio concreto, nunca por si al final funcionó.
El aburrimiento del kilómetro doce no es un problema de piernas
Después de los primeros kilómetros de subida, cuando el sendero empieza a nivelarse, aparece una pesadez concreta en la nuca. No es el cansancio que se siente en los cuádriceps ni en los pulmones, es más parecido a un bloqueo, como si la cabeza decidiera que ya tuvo suficiente mucho antes de que el cuerpo esté de acuerdo. El volcán tiene picos que llegan a los 5.023 m de altitud, aunque yo nunca subo tan alto -- y esa cifra tampoco explica lo que pasa en mi cabeza a media subida, muy por debajo de esa línea.
Algunos programas llaman a esto fatiga mental, para distinguirlo de la fatiga física -- una distinción real, aunque es tema para otro texto. Aquí me quedo con la señal que a mí me sirve: si las piernas responden y el ritmo se mantiene, pero la cabeza empieza a negociar excusas para parar, no es el cuerpo el que necesita descanso. Es la atención la que necesita entrenamiento, de la misma forma sistemática con la que entreno el esfuerzo en las piernas.
Ponerme audífonos no resuelve el fondo del problema
Mi primer intento fue llenarme los oídos: podcasts de crímenes reales, música a todo volumen, audiolibros que prometían hacerme olvidar el sendero. Funcionó a medias durante un tiempo, hasta que noté el costo real: en un terreno técnico como el que rodea el Mirador de la Virgen del Tungurahua, en Baños de Agua Santa, un segundo de desconexión mental puede terminar en un tobillo torcido sobre roca suelta.
La distracción no cambia el diálogo interno que aparece cuando el sendero se pone largo -- solo lo tapa un rato, y vuelve en cuanto baja el volumen. Lo que ayuda más, sobre todo cuando el desnivel se pone exigente, tiene menos que ver con distraerte y más con la preparación mental para subidas exigentes en rutas de trail running: entrenar la atención antes de necesitarla, no a mitad de la subida.
Ocupar la cabeza en los tramos monótonos del sendero
Lo que mejor me funciona no es buscar rutas nuevas para no aburrirme, como suele recomendarse, sino lo contrario: repetir el mismo tramo hasta que cada piedra del sendero del Mirador de la Virgen del Tungurahua resulte familiar. Cuando el paisaje deja de sorprender, la mente tiene que apoyarse en otra cosa -- el ritmo de la respiración, el contacto del pie contra la tierra, la textura de la roca volcánica bajo la suela.
En un rodaje que buscaba acercarme a la distancia de un 42.195 km completo -- aunque solo hice la mitad -- probé esto de forma deliberada: en lugar de mirar el reloj cada pocos minutos, elegía un árbol o un cambio de pendiente como próximo punto de referencia y me comprometía a llegar ahí sin pensar en nada más. Cada cierto tiempo hacía también un repaso rápido del cuerpo, de los pies a la mandíbula, buscando dónde se acumulaba tensión de más -- casi siempre en los hombros. Y cuando la voz decía que esto era aburrido, la respuesta no era discutir con ella sino aceptarla: sí, lo es, y de todos modos seguimos.
Nada de esto busca ningún estado de flow ni la euforia del corredor -- esa búsqueda merece su propio espacio en otra parte -- solo se trata de aguantar la pesadez sin pelear con ella. Tampoco es lo mismo que la visualización mental que algunos usan antes de una carrera importante: acá no hay nada que imaginar, solo atención a lo que ya está delante.
La rutina de entrenamiento mental antes de salir, sin negociar conmigo misma
Antes de vestirme para salir, suelo sentarme un momento en la mesa de la cocina, la misma donde después reviso textos de UX y pestañas que se mezclan sin orden en la pantalla. Ahí guardo un cuaderno de entrenamiento en papel, no en el celular, y algunas mañanas hago primero un ejercicio de respiración guiada que aprendí hace tiempo.
Una sola vez lo completé entero sin abrir los ojos ni un segundo, algo que me sorprendió más a mí que a nadie, porque casi siempre reviso el reloj o miro por la ventana hacia el volcán a medio taparse de nubes. Esa rutina corta, antes de cualquier kilómetro, es lo que me impide negociar conmigo misma cuando el café todavía está por la mitad y la cama parece la opción más razonable.
El trabajo freelance tiene su propia carga mental -- las horas frente al monitor entrenan la cabeza tanto como cualquier sendero -- y algunas veces salgo a correr ya cansada de esa manera antes de dar el primer paso, lo cual cambia cómo vivo el aburrimiento del rodaje. Correr sola, además, tiene un efecto que no esperaba: los beneficios de correr solo en montaña para fortalecer la mente se notan también cuando llevo horas sola frente a un documento de trabajo largo y repetitivo.
Hablar con otros corredores
Probé unirme a un grupo de WhatsApp de corredores locales, pensando que la presión social de reportar mis salidas me iba a mantener constante. Duró poco: el grupo se llenó de fotos de tiempos y rutas ajenas, y en lugar de sostener el hábito, terminé comparando mis rodajes lentos con los de gente que entrena distinto y con otros objetivos.
Lo que sí funciona es algo mucho menos estructurado: mi vecino Carlos Hidrovo, con quien coincido a veces antes de salir, nunca habla de cursos ni de psicología deportiva, y esa ausencia de teoría resulta un descanso real. Hablar del clima o de las rutas sin convertirlo en otro tema de análisis mental hace más por mi cabeza que cualquier grupo pensado para motivar.
Si notas que comparar tus salidas con las de otros te pesa más de lo que te ayuda, vale la pena revisar como dejar de compararse con otros corredores en redes sociales, porque ese hábito puede sumarse al aburrimiento en lugar de aliviarlo.
Altitud, terreno técnico y otro tipo de alerta mental
El aburrimiento no aparece igual en todos los tramos. En las partes más técnicas del sendero, donde hay que mirar dónde pisa cada pie, la cabeza se mantiene alerta casi sin esfuerzo -- ahí el problema no es la monotonía, es otra clase de carga mental, la que trae subir más alto de lo habitual o cruzar un tramo donde una caída sí importaría.
Eso se acerca más al miedo o a la percepción de riesgo que al aburrimiento, y también es un tema aparte. Confundir esa alerta con el muro psicológico de media carrera es un error común: son sensaciones distintas, con causas distintas, y tratarlas igual no ayuda a ninguna de las dos.
Cuando el aburrimiento es algo más
Vale la pena distinguir el aburrimiento de la ansiedad que aparece antes de una carrera importante -- son primas, pero no son lo mismo, y la ansiedad precompetitiva pide otro tipo de atención. Tampoco es lo mismo que la motivación intrínseca que falta cuando simplemente no hay ganas de correr -- ese es otro problema, con otras soluciones.
Si lo que sientes no es hastío sino apatía que se extiende a otras partes de tu semana, o si ya ni siquiera queda curiosidad por salir, eso deja de ser un tema de técnica de entrenamiento. No soy entrenadora certificada ni psicóloga deportiva -- solo una corredora amateur que se cansó de sufrir el sendero por razones que no tenían que ver con las piernas.
Cuando esa apatía se vuelve constante, hablar con un profesional de salud mental dice más de lo que cualquier rutina de foco puede ofrecer.